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Acabar con el sexismo en la ciencia es un asunto de todos

16 de Septiembre de 2019 en Mundo, Noticias

Acabar con el sexismo en la ciencia es un asunto de todos

En la Luna hay cerca de 1600 cráteres a los que se les puso nombres. De esos, solo 28 tienen nombre de mujer. Podría parecer un hecho aislado, pero al mirarlo con lupa es un ejemplo claro de que la ciencia, en toda su historia, ha sido contada y dirigida por los hombres.

Nicola Gaston, Phd en Química y profesora vinculada a la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, estuvo hace unas semanas en Medellín y, entre otros temas, habló sobre su libro ‘Why Science is Sexist’, en donde la académica explica por qué este es un problema real y no una simple percepción.

Cuando mencionamos ‘percepción’ nos referimos a uno de los puntos más difíciles de esta problemática: pues así parezca que todos pensemos que esta sea una verdad por sentada, en la ciencia -más que en ningún otro campo- se necesitan pruebas, mediciones y datos.

Lastimosamente el tema del sexismo en la ciencia no ha tenido un estudio de fondo y por eso, quizás, dentro de los círculos científicos más fuertes aún no hay cambios certeros.

Por eso, Nicola Gaston argumenta que esto se debe combatir con lo que mejor sabe hacer la ciencia: demostrar a partir de los datos.

Un primer acercamiento a esto es contar que viene de un país en donde el 22% de la docencia en Química es impartida por mujeres y que en otras áreas, como Física, no hay ni siquiera una vinculada de tiempo completo.

En Colombia, según contó Juliana Restrepo, Directora de Contenidos del Parque Explora, la cifra no es mucho más alentadora: entre el 30 y el 50% de los estudiantes de Física en Colombia son mujeres pero solo el 4% de la docencia es impartida por mujeres. Siendo más específicos, 1 de cada 42.

Esta desproporción podría tener que ver con que solo el 4% de las niñas en Colombia quieran estudiar algo relacionado a la ciencia, como explica la Revista Level.

Para la muestra...

El trabajo de Gaston, que no solo se ve reflejado en su libro sino también en las charlas que constantemente da, tiene mucho que ver con experimentos realizados, sin tanta repercusión, por otras personas interesadas en esta misma problemática.

Uno de los casos más llamativos fue un estudio hecho en Estados Unidos hace unos años en donde se entregaron hojas de vida a un grupo de científicos y se les pidió elegir los mejores perfiles en áreas de Física, Química y Biología.

Además, se les solicitó adjuntar una posible cifra salarial para cada una de las personas presentadas, dependiendo de sus estudios y su experiencia.

La trampa estuvo en que había dos hojas de vida exactamente iguales, donde la única diferencia era el nombre: una decía John y otra Jennifer. El resultado demostró que los científicos elegían a John antes que a Jennifer y que, además, le ofrecían 12% más de sueldo.

Otro experimento llamativo fue poner de finalistas de dos procesos de selección a una mujer y a un hombre. En el primero, la hoja de vida de la mujer tenía más experiencia y la del hombre más educación. En la segunda, las cualidades se pusieron al revés.

El resultado sorprendió ya que en ambos casos ganó el perfil del hombre: en el primero el comité evaluador adujo que buscaban un perfil con más educación y en el segundo caso uno con más experiencia.

Para evitar este tipo de sesgos, y que no se sienta que las mujeres están pidiendo un cupo o que dicho caso hace parte de una discriminación positiva, los procesos de selección en la ciencia podrían poner de entrada qué es lo que buscan en un candidato: más experiencia o más educación.



Hay que hacerle menos caso a Darwin

Otro interesante planteamiento hecho por Gaston es cuánto influye en la ciencia ese interminable debate de si lo más importante es el talento o el trabajo. Por ejemplo, en áreas como la física o la matemática, disciplinas dominadas por hombres, se cree que se necesita nacer con talento para triunfar allí. Mientras que en áreas como la psicología o la arquitectura se necesita más trabajo, y allí las mujeres tendrían un poco más de ventaja.

Sin embargo, en estas disciplinas de ‘trabajo duro’ la brecha no es tan amplia como lo es en la del ‘talento’.

También es común oír que históricamente la objetividad y la razón (características científicas) tiene que ver con el lado masculino, mientras que la subjetividad y el sentimiento parecieran ser una virtud femenina.

Una de las voces que más confronta este tipo de ideas es Angela Saini, quien realizó una investigación en la que aclara que, a diferencia de lo que decía Darwin, los hombres y las mujeres no somos tan diferentes biológicamente. “Esta tesis se puede contradecir totalmente si ampliamos el espectro y miramos una población diferente, en la que a las mujeres se les da mejor tanto una cosa como la otra”.

Saini explica en su libro -Inferior: cómo la ciencia infravalora a la mujer y cómo las investigaciones reescriben la historia- que tanto el patriarcado como la ciencia lleva años haciéndonos creer que somos distintos. “Los humanos son criaturas muy complejas, pero lo que podemos decir es que la diferencia individual es mucho más abrumadora que la diferencia sexual".

Y entonces, ¿qué hacemos?

El problema principal para desaparecer este tipo de sexismo radica en que en la ciencia, a diferencia de otras disciplinas, es muy difícil que los cambios pequeños tengan influencia en las grandes órbitas en las que se toman las decisiones.

Esto se da, principalmente, por su carácter internacional y -por qué no decirlo- elitista: la ciencia es un campo en donde un apellido anglo o tener un inglés nativo aún pesa.

Por eso el plan debe ser abrir espacios de conversación para llegar a esas esferas, pues desde allí es desde donde se puede hacer un verdadero impacto. Para esto se necesitan más convocatorias, becas o mentorías para que en el futuro la ciencia pueda pagar esa deuda histórica de inclusión que tiene con las mujeres.

Otro aporte, señala Gaston, sería poner más la lupa en quienes hoy están haciendo, a su modo, pequeños cambios: visibilizar a quienes publican, saber quiénes llegan a la docencia, hacer eco al porcentaje de graduadas, entre otros.

También vale añadir que la ciencia, a fin de cuentas, trata de educación. Por eso quienes ya identificaron este sesgo y dicha inequidad, sean hombres o mujeres, podrían usar sus habilidades en esta disciplina para demostrar que este es un tema serio y no un chiste o un simple capricho.

Los chistes de que una astronauta mujer nunca llegaría a la Luna porque se demoraría mucho arreglándose antes de bajar de la nave no dan risa y todos tienen que darse cuenta de esto.

Los sesgos inconscientes son un reflejo de los estereotipos y por eso todos somos susceptibles de caer y que por eso, antes de cambiar el mundo, debemos pensar en cambiar nosotros mismos.

Escrito por:

Diego Pérez

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