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Una casa en la que ruedan las ideas

16 de Septiembre de 2016 en noticias inicio

Una casa en la que ruedan las ideas

 

Si tienen veintitantos años, acaban de graduarse de la universidad y están buscando su primer empleo es muy probable que sus expectativas laborales no incluyan estar durante las siguientes tres décadas en la misma empresa, tener un jefe de esos a los que solo se les ve cada fiesta de navidad o, menos aún, horarios estrictos de trabajo.

Las generaciones están en constante cambio y, así como evolucionan los medios de transporte, los computadores y los teléfonos móviles, lo hacen las formas de trabajar. La idea de emplearse en una gran empresa citadina, con un horario fijo y un sueldo seguro, parece ser cada vez menos frecuente.

En la última década se ha extendido alrededor del mundo una nueva tendencia que trata de juntar lo mejor del empleo tradicional (infraestructura y organización) con lo mejor del independiente (autonomía y flexibilidad horaria), buscando potenciar la creatividad, la colaboración y las sinergias para lograr mejores resultados.

En 2005, un programador estadounidense llamado Brad Neuberg vivía en un apartamento con otros dos colegas y decidió que, para compartir ideas, conexión a Internet y hasta café, podía dejar que otros programadores trabajaran en el mismo espacio, siguiendo un concepto creado unos años antes pero jamás puesto en práctica, conocido como coworking o trabajo colaborativo.

Reunir a varios trabajadores independientes o freelance para permitir sus actividades en un espacio ideal no es exclusivo de países desarrollados como Japón, Alemania o Estados Unidos, donde hay cientos de estos lugares. Pueden encontrar ejemplos de esta nueva forma de trabajar más cerca de lo que piensan. Solo en Medellín se ubican, aproximadamente, más de una docena de centros de coworking, proyectando a la ciudad como líder en esta tendencia en la región y en el país.

Un giro a la forma de trabajar

El acelerado crecimiento de la ciudad ha hecho que las enormes casonas de los barrios más tradicionales desaparezcan progresivamente para darle paso a grandes edificios. Lo más probable es que las pocas que aún perviven no lo hagan por mucho tiempo. No obstante, en 1.030 metros cuadrados ubicados en medio del barrio Laureles se encuentra la Casa Redonda: Trabajo Colectivo.

Por sus numerosos y largos pasillos caminan ingenieros, publicistas, diseñadores gráficos y de juguetes, comunicadores, arquitectos, psicólogos y hasta agentes de viaje. Contrario a lo que podría pensarse, no se trata de la sede de una multinacional sino un coworking space donde 44 jóvenes encontraron en la colaboración entre sus distintas disciplinas la forma ideal de desarrollar sus vocaciones. Además, en los ratos libres, conversan, comparten un café o una cerveza e incluso juegan con Tulio Lulo y Romero, los dos perros que recorren la casa libremente.

“Creo que esto es una respuesta a un sentir de una generación que quiere hacer las cosas distintas. Que quiere romper paradigmas, que quiere dejar de pensar en el ‘yo’ para pensar en el ‘nosotros’ y lograr un trabajo en equipo y una comunidad con impacto social y cultural. Que tenga una injerencia positiva en la ciudad para romper ese paradigma y ese modelo tradicional (de trabajo) que a nuestra manera de ver no funciona”, comenta Susana Yarce, co-directora de La Casa Redonda.

En una de las 16 oficinas de la casa, seis potentes bombillos iluminan cuatro plantas de metro y medio de altura para permitir su fotosíntesis. Este jardín no está rodeado de más árboles o prado sino de los computadores e impresoras de Alejandro, Juan Esteban y Hugo, tres arquitectos que revisan los planos de un nuevo proyecto. En la puerta contigua Camilo Álvarez edita las fotos del último matrimonio que organizó junto a sus compañeras Susana Valencia y Susana Cano. Debajo de ellos, en la oficina 13, Sara Vélez y Liss Herrera tienen su taller de diseño de vestuario, espacio que comparten junto a la ilustradora Ana Moreno. Así, cada una de las 25 start-ups, marcas o proyectos de la casa funcionan como los radios que sostienen una rueda en constante movimiento.

Alejandro Restrepo, Juan Esteban Gómez y Hugo Herrera en su oficina de La Casa Redonda

Para lograr el espacio actual, los ocho fundadores y varios de los miembros itinerantes se dieron a la tarea de adecuar la casa y, al tener menos de dos millones de pesos para todas las reparaciones, tomaron martillos, almadanas, palas, brochas, baldes y guantes para tumbar paredes innecesarias, recoger los escombros restantes y pintarla; labor en la que contaron con la colaboración de artistas plásticos y muralistas que le dieron un toque de vida al blanco impecable.

Sin embargo, ni todo este trabajo va a lograr que esta casa sea una de las pocas que se salven del auge de la construcción. De hecho, eso mismo es lo que le permite existir: los encargados de un nuevo proyecto inmobiliario que se va a edificar en el lugar les permitieron su uso durante un año antes de la demolición, mientras se concretan las ventas sobre planos del nuevo edificio. Sobre esto Juana Restrepo, co-directora de la Casa, señala que la idea es mantener la fidelidad con los coworkers y que a donde sea que se muden, van a ir todos juntos.

Los coworkers de la Casa Redonda comparten el almuerzo colectivo mensual

La eventual demolición del lugar que hoy ocupa su sueño no trasnocha a los habitantes de La Casa Redonda. Saben que los martillos y las retroexcavadoras solo afectan a los lugares y no a las ideas. Saben, además, que este proyecto va a llegar intacto al próximo lugar que habiten y desde allí seguirán surgiendo planos, diseños, vestidos, cartas de amor, matrimonios, juguetes, bicicletas, ideas de ciudad y de movilidad, fotografías, producciones audiovisuales e ilustraciones.

Están conscientes de que el movimiento constante, su forma de trabajar, ambición y ganas de emprender son las cuotas iniciales de la siguiente y de las futuras casas redondas. Todo esto está en el trabajo continuo, pues, como ellos mismos dicen, “aquí estamos haciendo proyectos e ideas que surgen en la cocina preparando el almuerzo, en el taller cortando madera, en la sala tomando café o en el patio mirando el cielo”.

Escrito por:

Santiago Muñoz

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